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Por un Puñado de Hippies…Imprime la Leyenda

1969 es el año del Alunizaje. Es el año de Woodstock y el cénit de Vietnam. Es también el año en que se estrenaron películas como Midnight Cowboy, Easy Rider o Butch Cassidy & Sundance Kid. Es el año en que se estrena en Estados Unidos mi película favorita, Once Upon a Time in The West. Y es, por supuesto, el año en que los crímenes de la Familia Manson conmocionaron no solo a Los Angeles, sino a toda la Sociedad Norteamericana.

“Once Upon a Time in Hollywood”, la novena película de Quentin Tarantino (recuerden que Kill Bill cuenta como una sola) nos lleva al zeitgeist de esa época, y como Sergio Leone en su obra maestra, deconstruye un mito a través de la fábula, del siempre efectivo cuento de hadas.

Siguiendo a su sensei, QT centraliza la historia en una mujer: la Jill de Claudia Cardinale en el caso de Leone, mientras que el bueno de Quentin lo hace con Sharon Tate, interpretada por una siempre feliz, jovial y cinética Margot Robbie. Esto, por supuesto, no quiere decir que los verdaderos intereses de los dos cineastas, están en los hombres fuera de tiempo: los pistoleros Henry Fonda y Charles Bronson en el caso de “West”, y los actores Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en “Hollywood”.

La camaradería que los dos grandes galanes rubios del Cine actual nos presentan en “Hollywood” nos retrotrae a las tres parejas protagonistas en las primeras películas mencionas anteriormente (Jon Voight y Dustin Hoffman, Dennis Hopper y Peter Fonda, Paul Newman y Robert Redford).

DiCaprio logra una de las mejores interpretaciones de su carrera en un rol que no puede ser subestimado: su Rick Dalton es un actor mediocre, bipolar, alcohólico, depresivo, inseguro y tartamudo. Solo basta presenciar sus dos interacciones con la genial niña interpretada por Julia Butters para notar la cantidad de matices que le da a su malogrado personaje. Y qué decir de su memorable berrinche en su trailer tras no conectar u olvidar un par de líneas en el rodaje de un western televisivo.

Lo de Brad Pitt es incuantificable, ya que, si existiera un medidor de coolness, su Cliff Booth dejaría los niveles por las nubes. Y no es novedad. Ya van varios (JD en Thelma & Louise, Floyd en True Romance, Tyler Durden, Benjamin Button, Aldo Raine o Jackie Cogan). Lo novedoso es que el Señor Pitt lo logre con un personaje perdedor, femicida y bastante misógino, más allá de que sus principales ambiciones son continuar siendo el mandadero de su amigo y patrón, y jugar con su perra pitbull cuando llega a su hogar, ya alejado de sus mejores días como doble de riesgo. Su escena descamisada en la terraza y posterior flashback vs Bruce Lee ya pasan a los Greatest Hits de un actor que podría competirle el título de King of Cool al insuperable Steve McQueen.

Ahora, ustedes dirán: esta es una película imperdible que demanda mi total atención, pero lamentablemente, a la pregunta ¿la recomendarías? Mi respuesta es simple: No.

El conocimiento enciclopédico de Quentin Tarantino sobre la cultura popular a lo largo de la Historia es algo imposible de ignorar. Y no solo hablo de películas y series de TV. La radio, las revistas, los cómics, los restaurants, los autocines y las grandes marquesinas inundan su nueva película de una manera inabarcable. Pero es difícil que, con tanto protagonismo a estas referencias, uno salga entretenido con lo que se está contando. Después de todo, creo que somos pocos los que sabemos quienes son Sergio Corbucci, Antonio Margheriti o Joaquín Romero Marchent. Cuanto más se pueda luchar contra ese Goliat de la cultura popular que es Tarantino, más rica y disfrutable será la experiencia al ver “Once Upon a Time in Hollywood”.

Discursivamente, se trata de una película complicada. Tarantino, que no usa redes sociales, escribe sus guiones a maquina o mano alzada y prohíbe totalmente el uso de celulares en sus sets, parece enojado con la sociedad actual, sobre todo con la juventud. Retrata a la Familia Manson como unos asquerosos, mugrientos e irritantes millennials que se merecen el peor de los castigos. Es curioso, de todas maneras, como casi todos los Fucking Hippies de la película están a cargo del Dalton de DiCaprio, ya que, si uno se pone a hilar fino, el Booth de Brad Pitt tiene bastantes características que uno podría asociar a la de un hippie, más que nada en su actitud hacia la vida y falta de ambiciones.

Ah, casi me olvidaba: la falta de la montajista Sally Menke en la filmografía de Tarantino es cada vez más notoria desde su lamentable fallecimiento en 2010. También se podría decir que el no tener a Harvey Weinstein detrás del proyecto debe haber sido otra de las grandes desataduras que le permiten al enfant terrible hacer lo que se le cante. No es no, Quentin, y a veces es bueno y mejor que alguien te lo diga.

En conclusión, si los hombres de Leone miraban como su mundo estaba siendo destruido ante la inminente expansión del ferrocarril hacía el Pacífico, los hombres de Tarantino ven como el Viejo Hollywood al que pertenecen está pereciendo ante la llegada del Nuevo. Pero, mientras Jill sale a darles agua a los obreros que están construyendo la estación, ya sin pistoleros a su alrededor, Sharon Tate recibe al heroico DiCaprio para unirlo al Nuevo Hollywood. ¿Fábula? Si. ¿Cuento de hadas? También. ¿Leyenda? Por supuesto.

Y cuando la leyenda se convierte en un hecho, imprime la leyenda.

J.M Fábregas