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Tirando la Casa (de las Ideas) por la Ventana

“Había una idea (afirmaba un emparchado Samuel L. Jackson a los atentos Robert Downey Jr. y Chris Evans) de reunir a un grupo de personas notables”. “Desafiarlos (refiriéndose a la raza humana, y por ende, a esa gente extraordinaria) sería cortejar a la muerte” le decía un ser conocido como El Otro a un extraño gigante púrpura de mentón cuadrado que solo sonreía a la cámara.

Eso fue en 2012, el gran año apocalíptico que nos quisieron vender como El Último de Todos.

“Bien, lo voy a hacer yo mismo” decía tres años más tarde, casi irritado, el mismo gigantón, mientras se calzaba un misterioso guante con seis orificios, tras ver que el Super Robot encarnado en la voz de James Spader no daba la talla para los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

La voz del Titán era ahora interpretada por un más que conveniente (debido a su cautivante voz y prominente maxilar inferior) Josh Brolin, la quintaescencia de una raza de duro hollywoodense en vías de extinción.

Años antes, en 2008, empezaba el gran sueño Marvelita con el estreno de Iron Man, dónde ya aparecían tres nombres vitales para entender de qué va esto: Jon Favreau, mediocre actor secundario más que nada de comedias devenido en (muy) competente director de blockbusters; el ya mencionado Robert Downey Jr., propulsado a un estrellato e iconicidad casi instantáneos con su rol como Tony Stark; y Kevin Feige, el genio, estratega y arquitecto detrás de esta maquinaria perfecta en la que se ha convertido Marvel Studios.

Con The Avengers, en ese apocalíptico 2012, la Gran Idea de la Casa de las Ideas, tomaba, finalmente, la forma del éxito.  Feige reclutó a Joss Whedon, el Dios Nerd detrás de Buffy, Firefly o Serenity, para liderar ese grupo de personas notables contra la malvada cruzada de Loki y su ejército de alienígenas sin rostro.

El Cine, para bien o para mal, había cambiado: los vaqueros, robots y policías duros que tanto habían dominado la taquilla durante décadas, eran finalmente destronados, de una vez por todas, por los trajes ajustados, los antifaces, las capas y, ya sea adquiridos por tecnología, herencia o por accidente, los superpoderes.

Si, habían llegado los Superhéroes.

Avengers: Infinity War es, si se quiere, la primera parte de la culminación de este sueño Marvelita. Todos sabemos lo que aún falta en esa cuarta entrega que nos traerá 2019, pero negar la magnitud gigantesca y titánica de esta película, es negar a Thanos, el gran villano y protagonista del que usted querrá saber más al salir hacia el mundo real.

“¿Por qué no lo conozco?” le preguntaran sus mayores. “¿Es como Hulk, pero violeta?” cuestionará casi con miedo, algún amigo o familiar. El carismático Thanos había sido creado Jim Starlin allá por los 70s,  pero fue el best seller de la trilogía de las Gemas del Infinito compuesta por The Infinity Gauntlet, The Infinity War y The Infinity Crusade (¿así se titulará la siguiente?) que lo convirtieron en un Grande entre la vasta galería de malos de la Casa de las Ideas.

Kevin Feige despidió (o quizás él renunció a Marvel, ¿quién sabe?) a Joss Whedon tras su experimento subvalorado en la Era de Ultron, por lo que encargó su tarea más imposible al  cuarteto que forman los hermanos directores Anthony y Joe Russo, y los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely, cuyos talentos, en mi humilde opinión, crearon las que por ahora, siguen siendo las dos películas más sólidas del Universo Cinematográfico de Marvel: Winter Soldier y Civil War, la segunda y tercera parte, respectivamente, de la Saga del Capitán América.

Los deberes enviados por el Profesor Feige eran dramática y narrativamente, inconcebibles: juntar a todos los héroes de las 18 películas anteriores de Marvel Studios, presentar a Thanos como Final Boss, y desatar el APOCALIPSIS. Ah, ¿mencioné que la gracia del Cine es contar una historia coherente en “algunas” horas de nuestro valioso tiempo?

Pero bueno, si en 1992 se pudo juntar al Dream Team y hacerlos chivear un rato en Barcelona, imposible es NADA.

Lo primero que hay que dejar claro es que, quizás, éste sea el más grande logro visual que Marvel ha forjado en sus 10 años de existencia. Me imagino al ya mencionado Favreau, a Scott Derrickson, a Jon Watts, a Taika Waititi, a Ryan Coogler, y sobre todo, a James Gunn, los anteriores directores de las películas Marvelitas, sentados en una mesa con los hermanos Russo y Kevin Feige aportando todas las ideas visuales que se podían tirar en la olla.

Lo segundo es que la experiencia por la que usted va a pasar, si más o menos ha seguido en qué va ésta cosa de gente disfrazada que tiene poderes, es lo más cercano a un tenedor libre a lo que Cine se refiere. Coma hasta reventar…y, mediante un toque de azúcar posterior, quédese con hambre de más. Nos vemos en un año.

Sólo un par de cosas querría aportar para el disfrute, más que nada posterior, a ver la cinta. Nótese la gran influencia, tanto visual como narrativa, que representa Dragon Ball Z en Infinity War. Cambie a Thanos por un Freezer, Cell o Majin Boo; Las Gemas del Infinito por Las Esferas del Dragón; y a Stark, Thor o el Capitán por un Goku y Vegeta. Y piense, también, en lo que dramáticamente significa ese final, sobre todo ese plano con el que cierra la película (no, no cuento la post créditos). Me tengo que retrotraer a 1968 y a El Gran Silencio de Sergio Corbucci para encontrar un final “similar”. Después hablaremos…

Por lo pronto, felicitaciones para Kevin, Anthony, Joe, Christopher, Stephen y Josh, a quien pronto veremos más humano y cibernético como Cable en Deadpool 2. Se han ganado la bucólica paz de ver el amanecer desde sus cabañas, con la tranquilidad de que hicieron todo, si, TODO…muy pero muy bien.

 

Juan Manuel Fábregas